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La protesta y el día después

Iván de la Nuez

 

Me acerco, en Barcelona, a una de las acampadas de la protesta y allí me encuentro a un viejo amigo de Berlín del Este; tirando fotos al borde de la vorágine. “Estoy haciendo lo mismo que en 1989”, me dice, “pero con menos entusiasmo”. “Y menos riesgos”, apostilla con sorna.

“Por ahí están mis hijos”. Él no deja de seguir con su cámara las evoluciones de la spanishrevolution. “Tanto luchar por el pluripartidismo y al final resulta que ellos no quieren ningún partido”.

Este fotógrafo berlinés no es el único caso de desconcierto ante las protestas (“¿hacia dónde van”?; “¿qué quieren?”; “¿a quién benfician?”). Tampoco es el único que echa mano de las comparaciones para dotarse de un sistema de referencias que le ayude a navegar por ellas con alguna seguridad. Así, en esa misma Barcelona los contraculturales de los setenta reivindican una continuidad con sus jornadas libertarias. Los madrileños recuerdan momentos de la movida. Viejos sindicalistas tiran aún más lejos de la cuerda del tiempo…

Todos adoctrinan, escuchan, discuten.

No faltan los que, por el contrario, persisten en leerlo todo desde una lógica electoral –más bien electoralista- y ven en este movimiento la mano del Enemigo. Puesto que expresa un descontento con el gobierno, los socialistas temen que favorezca, todavía más, la victoria de la derecha en las autonómicas y municipales de este domingo. Buena parte de esa derecha percibe el tinte rojo y, aunque su perspectiva de victoria electoral no se verá afectada a corto plazo, el hecho de que la corrupción sea uno de los detonantes de las marchas –The New York Times apuntaba en este sentido- puede acabar pasándole factura en las generales de 2012. Los independentistas, particularmente en Catalunya, también han sido sorprendidos: el impacto de la protesta en toda España tiene un aire más unificador que secesionista (sin olvidar que el punto de irradiación se expande desde Madrid, donde la contestación ha adquirido un contorno más sistemático). Los sindicatos, por la parte que les toca, han evidenciado su ridículo, después de un Primero de  Mayo tan aburrido y pactista como siempre (y con un poder de convocatoria escuálido en comparación con las actuales acampadas).

 

Pero, ¿qué significan, en positivo, estas protestas? En principio, el ejercicio de la política sin partido. Hasta ahí, nada que objetar: entender que no hay política al margen de los partidos es un criterio que no puedo llamar de otra manera que leninista.

Ahora bien, la importancia de este movimiento sólo podrá confirmarse si consigue transformar la denuncia en fuerza política: si los acampados de hoy se convierten en los candidatos de 2012. (Estamos tan aburridos de unas políticas sin alternativa como lo estamos de los alternativos sin política.)

Cualquier otra deriva, lo dejaría todo en una rave ideológica más, de esas que tanto abundan en Occidente. Con una fatalidad añadida: su expansión mediática podría terminar eclipsando la ola democrática árabe, lanzada -allí sí- a vida o muerte y sin la menor garantía por parte del Estado. Aunque sólo fuera por evitar esa paradoja, valdría la pena que las protestas de estos días no fueran otra cosa que el prólogo de una futura responsabilidad política cuyo primer capítulo tendrá que empezar a escribirse este lunes post-electoral.

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Un mensaje el domingo

Iván de la Nuez




Ocurrió el pasado domingo, 1 de mayo, en la costa del Levante.
Una avioneta despegó a las 10 de la mañana de Los Martínez del Puerto, Murcia, y terminó su trayecto en Benidorm, a las 11.45.  Por toda esa franja del litoral, el aparato desplegó una de esas telas que usualmente exhiben anuncios personales o spots publicitarios; campañas políticas o invitaciones festivas.
Esta vez, el mensaje era otro. Y la gente vio removida su paz o furor dominical –era el Día de la Madre en España y el Día de los Trabajadores al mismo tiempo- por una frase que ha sido el emblema de Technologies To The People durante dos décadas.
-Democraticemos la Democracia.
Se trata de una pieza de Daniel G. Andújar: A vuelo de pájaro. La continuación, “por otros medios”, de una serie de acciones mediante las cuales, en la última década, este artista se ha avanzado a la expansión del wi-fi (ofreciendo conexión gratuita a Internet en un radio de 5 kilómetros en el barrio del Raval de Barcelona) o ha creado talleres para que los adolescentes se construyeran su propio teléfono móvil. Ha cubierto con pósters los muros de Santiago de Chile o ha compartido una amplísima biblioteca de filosofía en el proyecto Postcapital (en Barcelona, Pekín, Estambul, Seul, Montreal, Stuttgart, Venecia…)
La pancarta aérea del domingo resultó sorprendentemente visible. Casi tanto como lo opaca que resulta la política aludida en su mensaje.

A vuelo de pájaro! (http://localizacion.org)

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Remontada y lastre de la izquierda

Iván de la Nuez

Leo, en el diario Público, edición de ayer domingo 9 de enero, una encuesta sobre lo que debe/puede ser la izquierda hoy –incluso tal vez mañana. Son “12 ideas para poder remontar” de otros tantos personajes pertenecientes a generaciones y experiencias también distintas (aunque la franja de edad va tirando a alta). La encuesta pone énfasis en España, si bien James K. Galbraith se explaya sobre Obama y Estados Unidos y Sami Näir se enfoca de manera sucinta en Europa. No faltan a esta cita nombres ilustres como Josep Fontana, Vincenç Navarro o Ludolfo Paramio, duchos todos en las sucesivas rectificaciones y zigzags que ha arrastrado el lado siniestro en las últimas décadas.

Me parece que ninguno ha vivido bajo un régimen del llamado Socialismo Real, así que ese espectro que hoy recorre Europa ni siquiera ha sido tenido en cuenta dentro de unas alternativas que, sin embargo, diagnostican la necesidad de “entender el mundo” y de “cambiar el relato”; de “tejer espacios de encuentro mestizo de todas las resistencias al neoliberalismo” y de “ofrecer un socialismo innovador y moderno”.

Todo ello, frente a un capitalismo que ya no puede presumir de aquel eslogan triangular de Libertad / Igualdad / Fraternidad. Un capitalismo que ha optado por el mercado en detrimento de la democracia. (Cualquier problema que tenga usted con la derecha o con la izquierda debe mirar, primero que todo, a China).

Mi propuesta para la renovación de la izquierda –que nadie me ha preguntado, dicho sea de paso- está, precisamente, en asumir la experiencia que esta encuesta dejó soterrada. Pienso que en lugar de soslayar –en muchos casos defender- a los estados comunistas, la izquierda tendría que hacer justamente lo contrario e incorporar la energía crítica que desplegó la disidencia contra el Comunismo. Apropiarse, sin más, de ese otro eslogan triangular que se llevó el Muro y el Telón de Acero por delante: Solidaridad / Transparencia / Reconstrucción. (Solidarnosc / Glasnost / Perestroika).

Tengo la sospecha de que no lo hará y, también, que manteniéndose en las posiciones de siempre, con más o menos maquillaje, va a tener imposible articular tres, cuatro, “doce ideas para remontar”. El peso del Gulag siempre será más fuerte que los eufemismos.

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La política: ¿Patrimonio de la Humanidad?

Iván de la Nuez

 

Hay un pasaje archiconocido de Roland Barthes en el que compara la sexualidad de los japoneses con la de los norteamericanos. La frase asegura que “en Japón la sexualidad está en el sexo y en ningún otro lugar, mientras que en Estados Unidos, por el contrario, la sexualidad está en todas partes, excepto en el sexo”. Pues bien, a la política contemporánea le ocurre algo parecido al sexo de los norteamericanos, según aquella frase rotunda y generalista escrita por Barthes hace cuarenta años: está en todos los lugares, menos donde tendría que estar.

Expandida en el deporte y en los proyectos artísticos, en la ubicuidad de la red y en los conciertos benéficos, en los museos y en los archivos, expuesta en la climatología y absorbida por las estrategias económicas. Y, claro, en esas campañas donde se desgranan, por igual, acusaciones histéricas al adversario y falsas promesas a los electores.

Lo más lejos posible de la res publica.

La política actual –en casi todo el arco de colores que la representa- es ese ámbito donde el sustantivo ha dado paso al adjetivo, el futuro ha sido cambiado por la promesa, el debate por el derribo. Y donde se ha trastocado la vieja máxima de Clausewitz: como el simulacro de campo de batalla en que también se ha convertido, la política es hoy “la continuación de la guerra por otros medios”.

Bienvenidos, pues, a la Era del Maximalismo. Este tiempo en el que se nos convoca –o eso dicen- desde una “política esencial”. Sólo que ese esencialismo –desde el socialismo del siglo XXI hasta el Tea Party; desde el terrorismo hasta el estalinismo de mercado implantado a escala global- no radica en el regreso a las tradiciones (aquellas “sustancias”), sino en despojar a la política de sus aristas; podar al discurso de sus dudas. (La gravedad de este deterioro ya fue avisada por Louis Menand hace más de una década en El club de los metafísicos).

La Era del Maximalismo es la de los fundamentalismos sin fundamento, los apotegmas sin ideología: la época, en fin, del reinado de las máximas. (Mientras más furibundas, más repetidas. Mientras más rabiosas… ¡más rabiosamente aplaudidas!)

Ahora, que se aproximan elecciones varias, son muchos los que hablan de votar con la nariz tapada. Esto es: vota a los “tuyos” pese a su ineptitud o corrupción, su demagogia o inoperancia. Una triste complicidad donde la facción se integra dócilmente en la putrefacción. Votantes y no votantes, además de taparse la nariz, podrían asimismo taparse los oídos. ¿Hay en la última década algún político del que merezcan reunirse –y, sobre todo, leerse- sus discursos? Se escuchan sugerencias.

Lo que entiendo por “política” no puede concebirse al margen de lo que entiendo por democracia. Mucho me temo, sin embargo, que la ecuación contraria empieza a ser practicada por una parte de la ciudadanía, que comienza a apañárselas para practicar la democracia al margen de la política.

Se trata, claro, de una dimensión de bajo perfil –con más éxito en la movilización que en la representación-, despojada de los protocolos habituales de la tribuna, la campaña o la obediencia partidista. Una política leve, que considera lo público más allá de lo estatal, lo privado más allá de lo meramente individual, lo social más allá de la masificación. La reactivación, en fin, de eso que algún día se llamó ciudadanía, sociedad civil y, en definitiva, la república ( en el sentido etimológico, histórico y pendiente de esta palabra).

Napoleón solía considerar a la política como “la forma moderna del destino”. Nuestro actual atolladero habla de una ecuación de la cual el destino ha sido suprimido (fin de la historia, del autor, de las ideologías, de izquierdas y derechas). Y no hay política más temeraria que aquella que no tiene futuro.

Así las cosas, resulta pertinente preguntarse si no valdría la pena decretar a la política -en el clímax de su deterioro- como un patrimonio de la cultura; una herencia a la cual necesitamos “proteger” y “restaurar”. Como esas ciudades patrimoniales reconstruidas de manera que no pueden disimular el atrezo. Una pieza arqueológica que acudiremos a contemplar –formando parte de las manadas de turistas- como el vestigio de un antiguo esplendor.

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¿Son de verdad “Neo” los conservadores del Tea Party?

 Iván de la Nuez

 

 

 

Se adueñaron de la escena con Ronald Reagan. Persistieron, algo mermados, en el interregno de Clinton. Regresaron fuertes en tiempos de Bush II. Y hoy, en lo que va de Obama, resurgen con entusiasmo alrededor del Tea Party. Estamos, se nos dice, ante algo parecido al tercer episodio en la vida de los  “neoconservadores”.

Cualquiera sea nuestra posición política, resulta difícil no admitir que, en sus años dorados –Reagan y Thatcher batuta en mano-, los neoconservadores generaron un proyecto sistemático de muy amplio espectro. Fue el apogeo de Milton Friedman y Daniel Bell, Irving Kristol y Norman Podhoretz, Jack Stockwell y Peter Steinfels, Facetas y New Criterion, Chuck Norris y Stallone –“este país tiene que estirar sus músculos”. La era de los Think Tanks y de unos asesores jovencísimos que trabajaron con entusiasmo para ilustrar la política de un presidente que no era ilustrado. Pese a su incultura –llegó a confesar que tan solo había leído ocho libros en su vida-, Reagan supo intuir la necesidad de un sofisticado cuerpo de asesores para encarrilar su proyecto. Para ello se valió de un discurso que, curiosamente, abrevó en el espacio retórico de la izquierda. Y no sólo porque algunos de sus intelectuales provinieran directamente del marxismo, o por echar mano de sonados tránsfugas del Partido Demócrata (Jane Kirkpatrick, por ejemplo). Hubo más. Desde el propio título de su proyecto, Reagan patentó un lema que era todo un oxímoron: “revolución conservadora”. Por otra parte, su andanada contra el Estado –“yo no tengo problemas con el Estado, el problema es el Estado- le confirió un aire ácrata. Aunque parezca un despropósito, puede afirmarse que Reagan tiene un capítulo reservado en la historia del anarquismo. Después de él ha sido más fácil –yo mismo lo he escuchado en directo- que algún veterano de la contracultura de los sesenta se refiera a sí mismo como un “anarquista de derechas”.

La estrategia del neoconservadurismo, a partir de los setenta, se encaminó a abrillantar los orígenes. Si Estados Unidos –como diagnosticó Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo– había desviado su ruta debido a las irrupciones modernas y posmodernas, la nueva derecha se aplicó para enderezar el rumbo. Si los años sesenta habían invertido el canon ético del XVIII –“vicios privados, virtudes públicas”, había llegado el momento de acorralar la expansión hedonista del modo de vida cultural y hacer resplandecer la ética protestante que fundó el sueño americano. Si el Estado de Bienestar, bajo el impacto de Keynes, había causado una “nociva comodidad en el individuo competitivo», era inaplazable regresar al maximalismo regulador del Mercado. Si las rebeliones de los años sesenta colgaron la incertidumbre en el horizonte de Estados Unidos, el neoconservadurismo impuso el abandono de toda duda mediante una estrategia cargada de optimismo.

Reagan confirmó que el liderazgo es imprescindible para la articulación de la nación. Friedman consignó que la competencia y el mercado son insuperables. Bell argumentó que el comportamiento asimétrico entre política, cultura y economía (vicio enorme de la «modernidad descarriada»), sólo tenía arreglo con el retorno de la ética protestante.

Habermas definió a Bell como “el más brillante” de los neoconservadores. También alertó de que obras como la suya provocarían “una política de apaciguamiento de la modernidad cultural». Las dos afirmaciones son fáciles de constatar. La primera, por el rigor de sus libros y diagnósticos. La segunda, por la comprobación de la línea autoritaria del reaganismo, que fue tan sistemática y abarcó tantos campos como todo su proyecto. Desde el apuntalamiento a dictaduras militares en lo internacional (Kirkpatrick llegó a calificar como un país “normal” a la Argentina de Videla) hasta la demonización del sida (hubo Estados que llegaron a sancionar la sodomía). Desde la implantación a gran escala de la mayoría moral encabezada por Jesse Helms hasta la paranoia generalizada detectada por Camille Paglia.

La prensa suele generalizar; acostumbrarnos al eslogan. De manera que hoy es admitido como “neocon” a casi todo lo que corre por el flanco derecho de la política. Sin embargo, bajo ese manto encontramos un espectro que abarca neoliberales y adalides del integrismo cristiano, militaristas y liberales, conservadores “de toda la vida” y macarthistas vintage.

El segundo capítulo de los neocons, bajo los mandatos de Bush II (y con la compañía no desdeñable de Dick Cheney, Donald Rumsfeld o Condoleezza Rice), puede leerse como la transición entre la Nueva Derecha primigenia y el Tea Party; ese fenómeno renovado por Sarah Palin que desde Tumiamiblog ha sido titulado como “nuestra derecha de la derecha”.

Claro que el Tea Party mantiene puntos de continuidad con el reaganismo. Entre ellos, la confianza absoluta en el mercado como regulador, el decalage entre democracia y capitalismo, la mano dura en política interna (el autoritarismo no es siempre ni necesariamente pro-estatal), la falta de complejos para proclamarse de derechas, la lucha a ultranza por la recuperación de la excepcionalidad de Estados Unidos, el retorno de la mayoría moral, la pasión incontrita por las Cruzadas…

Pero el Tea Party deja ver, asimismo, algunas diferencias. Una es evidente y puede explicar, en alguna medida, la agresividad verbal de esta corriente: Reagan estaba en el poder y ellos están en la oposición. Otra se refiere al enemigo externo: Reagan lidió contra el Comunismo y protagonizó, de muchas maneras, su desplome. La del Tea Party es una derecha que se autoproclama como punta de lanza contra el Terrorismo –El Enemigo desde Bush II-, aunque no ha conseguido derrotarlo a pesar de haber sufrido un ataque brutal en su propio territorio. Hay que hablar asimismo del desprecio a todo lo que huela a «intelectual», conducta propia del populismo reaccionario (muy parecida en esto al populismo revolucionario). Incluso Fukuyama, Huntington o Kaplan, pensadores situados en la derecha, no se han ahorrado críticas a este movimiento.

Que Palin y los paladines del Tea Party son de derechas, no cabe duda. Que esa derecha califique como “Nueva”, resulta discutible. ¿Conservadores? Seguro. Pero de ahí a que sean, necesariamente, neoconservadores hay un tramo. 

Estamos ante la derecha ascendente de una democracia menguante. La derecha del Patriot Act y del Fin Que Justifica Los Medios.

La misma que remonta el río y regresa en el tiempo, más allá de Bush y de Reagan, hasta llegar al templo iniciático de Joseph McCarthy y las Brujas de Salem.

Por supuesto, para retomar ese derrotero no hacen falta Think Tanks ni nada parecido en las alforjas. Para caminar por el maximalismo es suficiente con deshacerse del pensamiento y quedarse únicamente con los tanques.

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La crisis es crítica

Iván de la Nuez

 

ANTONIO BAÑOS

 

Sí. Desde el título, esto suena a teoría crítica, en general, y a Walter Benjamin o Reinhart Koselleck, en particular. Pero no. El origen de este post es algo más corriente. Brota del día a día de los últimos meses. Y de un encargo para la próxima Bienal de Lanzarote (lo compartiremos aquí en su momento). Surge, en consecuencia, de seguir a algunos artistas visuales que han trabajado, en los últimos tiempos, los efectos de la debacle financiera.

Miguel Brieva con sus libros, comics y su revista Dinero. Noh Suntag y ese trabajo suyo sobre las grandes marcas coreanas y su relación con el militarismo. Daniel G. Andújar con los Archivos de Postcapital, confrontados sucesivamente en Barcelona, Stuttgart, Pekín. Rogelio López Cuenca y Antoni Muntadas con esa pieza construida al alimón sobre la semántica de la crisis. Montserrat Soto y sus fotografías en los extrarradios de diferentes ciudades. Ramón Williams con Trace Crop Off, serie que desvela el tsunami inmobiliario de Miami. Daniel Canogar y su rastreo por los deshechos; bien sean los basureros, bien (como en Jackpot) las chatarras de las máquinas tragaperras…

Y sí. Desde ellos es posible intuir que la actual crisis no es sólo crítica en el sentido de grave. Lo es también en tanto que esta situación requiere una crítica, en todos los campos (no solamente el económico), sobre el modelo de vida en el que estamos inmersos. Y sí. También resulta inevitable tener en cuenta el debate entre “mercadistas” y “estatistas”. Entre seguidores de Friedman o Keynes. Incluso en los rebrotes que han hecho revivir a Marx en la actualidad. Y en los numerosos libros-panfletos-ensayos-documentales que han convertido a la crisis en un género: se ha abierto paso en todos los suplementos de periódicos, se ha creado un espacio en todas las librerías, ha removido el mundo editorial, no es imposible obviarla en ningún informativo.

Ante la crisis, tanto como de Smith y Ricardo, Marx o Friedman, tal vez valga la pena echar mano de Freud para darle un meneo a su idea sobre el malestar de la cultura ¿Y si el problema no radicara, necesariamente, en que la economía esté mal, sino en el hecho de que en ese malestar descansa, precisamente, toda su lógica y su calendario; su ritmo y sus combinaciones?

Ando, entre perdido y aburrido, por estas veredas y me tropiezo con La economía no existe (editado por los libros del lince). Un libro de Antonio Baños que tiene más de un punto en común con las búsquedas antes mencionadas. Baños es periodista y músico, alguien en quien se mezclan el nomadismo y el arraigo de barrio. Durante años, su columna “La croqueta” ha diseccionado sin piedad la vanidad literaria de las presentaciones de libros en Barcelona. Se le adivina al hombre un escepticismo saludable del que no cabe esperar demagogia o militancia al uso. Mas la verdad es que, incluso desde esta creatividad inquieta, no parecía posible que atacara con un libro de economía. Vale apuntar el subtítulo de esta pieza: Un libelo contra la econocracia.

Desde el principio, La economía no existe deja claro que lo suyo no es alistarse entre Keynes o Friedman. Más bien, es un “¡rompan filas!” contra casi todas las fórmulas y recetas de otros economistas en boga. El libro apunta a una antropología del consumidor en el límite, a la economía vista desde abajo, con más puntos de contacto con un Oliver Sacks que con un Paul Krugman. A partir de ahí, una arqueología de lo más precisa para entender el particular camino de Baños hasta este libro: el origen semántico del trabajo como tortura, la economía como sistema de tabúes organizado, la enorme y escondida productividad –en cifras- de la pobreza, la tensa relación entre liberalismo y libertad, el hecho de que es posible evadirse de cualquier cosa menos de la economía, la variable escala de la felicidad (en la que resplandece esta frase de Homer Simpson: “¡Con 10.000 dólares seremos millonarios!”), la culpabilidad de Russell Crowe en la catástrofe financiera o el hecho de quizá valga la pena estudiar a los economistas desde Malinowski (no desde ellos mismos), como verdaderos gurús de las tribus contemporáneas.   

No sobra advertir que Baños descree, con la misma intensidad, de las “propuestas reformistas o revolucionarias”. Tampoco que el origen airado de su libelo en ningún caso mengua su altura literaria; nada que ver con ese exceso de retórica que suele aparecer allí donde los argumentos y el lenguaje escasean.

La economía no existe es un libro para recomendar y, por eso mismo, para debatir. A mí me falta, quizá, una ampliación de la historia del ocio, la vagancia; del negarse a trabajar (desde Paul Lafargue hasta el último Agamben hay una cosecha variada) y me sobra algún “giro Afterpop” (en la cuerda de Fernández Porta), algo que no altera en lo más mínimo mi entusiasmo por esta obra.

Entre sus distintos aportes, le debemos a lord Keynes la puesta en marcha de un repertorio de chistes sobre economistas. Salvo él mismo o Fabián Estapé (otro economista con sentido del humor) no creo que ese muy circunspecto gremio acepte en sus filas a Antonio Baños. La economía, en fin, no ha ganado un economista. El ensayo, sin ninguna duda, sí.

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Epidemia en la Granja

 Iván de la Nuez

 

blog-rebelion-en-la-granja

 

Uno entiende poco de economía, pero intuye que la Crisis es estructural y no un asunto de circunstancias. Uno sabe menos de medicina, pero va leyendo que esta epidemia -del cerdo, “la mexicana”, H1N1- es, pese a todo, como otras gripes: con la adecuada atención, revelará su magnitud pasajera y coyuntural.

Uno está escamado con las noticias y por eso tiene la certeza de que nos venden el mundo al revés: la crisis es tratada como un catarro, mientras que la gripe alcanza la connotación del Apocalipsis.

Ayer, durante el almuerzo, en esta ciudad todavía sin psicosis, una amiga me suelta lo mejor que he escuchado sobre el presente. Sobre el desmontaje de esa triada que el liberalismo y los boleros han concebido, desde siempre, como la base de la felicidad:

-Salud, Dinero y Amor.

Pues bien, para ella, la gripe porcina ha minado nuestra idea de salud. La crisis económica ha barrido con nuestro dinero. Las medidas de asepsia, con sus máscaras y prohibiciones incluso de los besos, acabarán con el amor.

Fuera de talla, no parné, sin ósculos

En este mundo al revés, Occidente se pone histérico y, de pronto, México aparece como un Estado organizado y capaz de asumir grandes tareas colectivas (por un momento ha dejado de ser el país del Caos y las decapitaciones). En esta reconstrucción de la geopolítica, sus vecinos del norte le han recordado a España –y a sus emblemáticos cerdos (y al jamón de bellota)- que todo lo que está por debajo de los Pirineos es Tercer Mundo.

Como en la eterna novela de Orwell, que sobrepasa los desmanes del stalinismo y estira sus parábolas hasta el presente, los cerdos lo han dejado muy claro: todo bicho que camina sobre dos patas es enemigo. Y toda medida contra ellos es poca hasta conseguir su expulsión definitiva de la Granja. Tal vez por eso la epidemia es, además, un comodín perfecto para esta Patriot Act médica que autoriza la correspondiente intromisión en las vidas, las costumbres, los derechos.

La peste o la tuberculosis motivaron, desde el Decamerón hasta el romanticismo, todo tipo de obras literarias que fueron más allá de lo clínico para instalarse definitivamente en la cultura. El sida, más reciente, ha dejado los trabajos de Derek Jarman o Cyrill Collard, Félix González Torres o Pepe Espaliú. Días de sida es el título de un vídeo sombrío y hermoso de Javier Codesal. ¿Qué nos dejará la actual epidemia? En estas jornadas -sin Salud, Dinero ni Amor-, no es difícil imaginar que los actos de histeria estatal y privada -otra vuelta de tuerca para afianzar la retención y la sospecha como norma política- provocarán alguna película o libro o serie fotográfica.

Alguna novela que nos hable mañana de un Snowball o un Napoleón; perseguidos y perseguidores, víctimas y censores de esta epidemia en cuyo origen aparecen otra vez los puercos para trazar los límites en la Granja del siglo XXI .

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Una educación cinematográfica

Iván de la Nuez

 

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Hace unas semanas, el gobierno de Catalunya abrió una curiosa perspectiva en materia de educación (esfera crítica dentro de un país en crisis). Se trata de un pequeña hendija, no exenta de polémica, que ofrece la Ley de Educación a los padres que quieran, y puedan, educar a sus hijos al margen, total o parcial, de la Escuela (lo que implica, en varios casos, al margen también del Estado). Criticada por muchos como una ley que pone en peligro –¿todavía más?- la escuela pública, esta medida manifiesta, en cualquier caso, tanto la existencia de un movimiento creciente -conocido como Schoolhome en otras geografías- como la incomodidad cada vez más generalizada ante lo que bien podríamos llamar el malestar de la educación. Ese proceso milenario que nos otorgamos nosotros, “bípedos implumes” (Sloterdijk), únicos que basamos nuestra continuidad como especie en esa larga marcha que consiste en la educación del hombre por el hombre.

Por esos mismos días, echó a rodar en las librerías de toda España CINECLUB, novela de David Gilmour (no confundir con el guitarrista de Pink Floyd). CINECLUB sigue de cerca el dilema de un adolescente que -como casi todos- odia el instituto. Y el de un padre que -como casi ninguno- le ofrece, fuera de este, una alternativa para formarse. En un mundo frenético como el que vivimos, tiene lugar la iniciativa de este padre que quiere ir a la velocidad de los tiempos; una velocidad que, dicho sea de paso, la educación oficial no consigue.

David, padre y narrador, acepta que Jesse, hijo y protagonista -sorprendido ante semejante permisividad-, deje el instituto si así lo desea.

Claro que, para esto, han de cumplirse como contrapartida unas normas estrictas: Jesse puede dejar el instituto, pero no podrá tocar las drogas. Puede llevar una vida diferente a la de otros adolescentes, pero no integrarse en las bandas juveniles. Puede pasar de la educación convencional, pero -y aquí está el meollo del libro- tendrá la obligación de sentarse con su padre a ver tres películas a la semana. Si Jesse cumple su parte del trato, puede hacer lo que quiera; experimentar algo parecido al libre albedrío.

La primera película de este singular “curso”: Los 400 golpes, de Truffaut. La segunda: Instinto Básico, de Verhoeven. A partir de ahí, el programa deambula entre lo que algunos, como el propio David, llaman todavía cine europeo de arte y ensayo, y el cine de Hollywood. Un calendario por el que desfilan Fellini y Tarantino, Terence Young y Woody Allen, Hitchcock y Billy Wilder… (No me extenderé aquí en la lista). Se trata de una mezcla de clásicos con serie B. Cine de acción y cine romanticón. Películas de culto y algún bodrio. Entre todos los títulos, se conforma sin embargo un programa interesante y compacto para los propósitos del padre.

En medio de todo, se desliza la vida. El curso fluyendo y Jesse creciendo. Así, conoce a Rebeca Ng (no confundir con NG La Banda), una belleza descendiente de vietnamitas que quita el hipo. Jesse tiene escarceos amorosos y llega –sin leerlo- a la misma conclusión que Truman Capote sobre el escaso acierto de escoger a Audrey Hepburn como protagonista para la versión cinematográfica de su novela Desayuno con diamantes.

-No te puedes imaginar a Audrey Hepburn de puta.

Hay un punto en este libro que abre una perspectiva doble: mientras, para el hijo, todas estas películas representan un futuro, para el padre forman parte de una historia vencida. Lo que en uno es proyecto, en el otro es memoria -la caja de los truenos que no siempre es recomendable abrir. (Es aquí donde algunas normas, como la prohibición de las drogas, demuestran la hipocresía de los normadores). Salvando las distancias, y un siglo y medio, hay en CINECLUB algo del Flaubert de La educación sentimental. Un clavo ardiendo emocional dentro de un mundo en el que los sentimientos se han convertido en una lata.

La Escuela difícilmente consiga hoy que los adolescentes pasen de la literatura escolar a un Truffaut o un Tarantino. Pero tal vez el camino inverso sea factible: que de Truffaut o Tarantino puedan transportarse a la literatura, y que busquen en esta respuestas a las preguntas que las películas activan. Acaso esta es la esperanza del padre en esta divertida novela. Un libro que propone la educación desde las imágenes, aunque no sólo para las imágenes. Una educación desde la cultura pero no sólo para la cultura. Una enseñanza, sobre todo, para la vida.

Comparto la convicción democrática -y republicana- de que la enseñanza ha de ser garantizada por el Estado como salvaguarda de la igualdad de oportunidades a la hora de premiar la capacidad y el talento de los jóvenes, cualquiera sea su procedencia. Pero, mientras capeamos el temporal del presente, tengo también la sensación de que esos jóvenes avanzarían mucho con estos esfuerzos alternativos para educarles. David Gilmour, en CINECLUB, avanza otra línea: iniciativas como esta consiguen, que no es poco, la re-educación de los propios padres.

 

 

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Arte y fantasma

 Iván de la Nuez

 

Reconstruyo aquí el cuerpo de Marx. Mis costuras son torpes, la cirugía aleatoria. Pero dejan ver, de la cabeza a los pies, un Frankenstein hecho a partir de tres artistas contemporáneos muy distintos entre sí. Hay otras combinaciones, de momento esta. Da para muchas interpretaciones, de momento, y de mi parte, ninguna. Solo un bonus track, visual, del post anterior.

Cabeza: De Lázaro Saavedra. La pieza se titula Karl Marx y proviene de la serie Cuban Icons.

Tronco: Del colectivo PSJM. Proyecto Marx, como marca registrada. Consiste en una tienda comercial con todo tipo de productos bajo el paraguas de esta firma.

Extremidades: De José Antonio Hernández Díez. De una serie que desvela nombres ilustres de la cultura en objetos actuales de consumo.

He aquí (en imágenes) el hombre:

  L�zaro Saavedra, Karl Marx (from the Cuban Icon Series)

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Un fantasma recorre el mundo

Iván de la Nuez

 

-Un fantasma recorre el mundo… el fantasma del comunismo.

Esta es la amenaza de Marx y Engels nada más comenzar el Manifiesto comunista. Apunto, como si hiciera falta, la distancia sideral que me separa de sus autores. Acto seguido, reconozco que esta metáfora del Manifiesto siempre me ha sonado extraña; como no resuelta del todo.

La tercera y más extendida aserción de «fantasma», según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es esta: «Imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos». Otras traducciones del Manifiesto prefieren la palabra «espectro», pero esto no cambia las cosas. En el mismo diccionario, encontramos el primer significado de espectro: «fantasma».

De una u otra manera, lo propio de los fantasmas es aparecer después de la muerte. No es antes del Comunismo que podemos hablar, en propiedad, de «fantasma», sino a posteriori. La mayor capacidad aterradora de un fantasma es post-mortem.

Es después del derribo del Muro de Berlín que el Comunismo pasó a ser, ahora sí, un fantasma que recorre el mundo. Un fantasma que se destapa en 1989: el punto exacto que cifra el declive del PC (Partido Comunista) y el apogeo del otro PC (Personal Computer), con la entrada en escena de Microsoft a escala global.

Hoy, esa amenaza sobrecogedora no existe desde el punto de vista estatal -el Bloque Comunista ya no está, aunque China marca tendencia en el modelo del mundo-, ni militar (aunque China…). Es, ante todo, cultural y, si apretamos un poco, estética. Palabras como «revolución» o incluso «comunismo» están alojadas, cada vez más, en el lenguaje del arte, el mercado o la publicidad; no en el de la política o la acción directa. Y al revés: hay algo performático y «artístico», por no decir pictórico, en procesos que se nombran a sí mismos como revolución: bolivariana, azafrán, naranja…

De modo que hoy la revolución sirve lo mismo para vender un Lancia («It´s Time to Another Revolution!») que para abrir una tienda de tendencias, llamada precisamente Marx, en Madrid. Tan solo en Barcelona, hace unas semanas, podías ver la película de Soderbergh sobre el Che; seguir la polémica sobre el pasado de Milan Kundera; comprar el último libro de Zizek en el que enaltece a Lenin; encontrar en la trastienda de una galería los dibujos corrosivos de Dan Perjovski; ver una función de Rock and Roll, la obra de teatro de Tom Stoppard dirigida por Álex Rigola (y cuya trama cubre desde la Primavera de Praga hasta la caída del Muro de Berlín); recordar la mítica discoteca KGB (que funcionó entre 1984 y 2005); o escuchar -también disponible vía MySpace- la propuesta musical del grupo alternativo Russian Red.

Todo lo sólido se desvanece en la estética. Todo lo siniestro también.

En los últimos años, algunos hemos insistido en la tesis de que el Muro había caído hacia los dos lados. Y en que era necesario explorar no sólo las consecuencias en los países del Este, sino también las menos evidentes en los países occidentales (que se avecinaban a unas inundaciones de muy diverso calado). Esa idea navegó un tiempo a contracorriente, pues la transformación de las antiguas tiranías comunistas acaparó casi todas las miradas. En 2009 cumpliremos veinte largos años de todo aquello y, según los augurios, estaremos todavía en medio de esta crisis de hoy. No me cabe la menor duda de que esta vez las miradas del XX Aniversario estarán enfocadas hacia el lado de los vencedores de la Guerra Fría. Con el modelo puesto en solfa y el fantasma revuelto. Es decir, de vuelta.

 

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