Postcomunismo y burundanga

Iván de la Nuez

 

No sólo el comunismo y la gripe A. Hay otro espectro que recorre el mundo: el fantasma de la burundanga.

Escopolamina. Que proviene de un árbol conocido como Brugmansia. También llamado Belladona o, ya metidos en Colombia, cacao borrachero. De la familia de las solanáceas: Datura stramonium o Hyoscyamus albus. Mandragora autumnalis o Brugmansia candida.

En los últimos años, la burundanga ha saltado todas las alarmas por su asociación con la violación y el robo. La víctima no recuerda lo que ha pasado ni cómo ha pasado. En SusMedicos.com se nos advierte que la burundanga es “la droga preferida de los delincuentes”. Y se nos previene de su ubicuidad: “habita en perfumes, dulces, gaseosas, papel o licores”.

En España está tan asociada a los delitos sexuales que se le conoce, directamente, como la droga de la violación. En América Latina ha estado vinculada a trasplantes involuntarios de órganos (hay quien ha amanecido en una bañera con un riñón de menos después de haberla ingerido camuflada en alguna bebida o droga más blanda).

La burundanga no provoca únicamente la pérdida de memoria. También nos causa la pérdida de la voluntad: “La víctima queda en un estado de pasividad y en actitud complaciente”.

Esta droga es, sin duda, siniestra. Como siniestro es el hecho de que sea otro capítulo -más allá de lo psicotrópico- de un síntoma más extendido. Me refiero a la narcosis que envuelve, como una atmósfera, a la sociedad contemporánea. Una sociedad armada sobre la amnesia y que parece bañada por el Leteo, ese río mitológico del olvido. Leteo es, además, el libro de Harald Weinrich acerca del lugar de la desmemoria en la cultura de Occidente. Un volumen muy recomendable, que atiende a Homero y a Dante, a Cervantes y Helvetius. Al Fausto y a Bernhardt, que “escribía para extinguir”. Todo ello sin olvidar el capítulo “Auschwitz y nada de olvido”, con reflexiones sobre Elie Wiesel, Primo Levi o Jorge Semprún.

-Lo que olvido significa se sabe siempre, y es lo que menos puede ser olvidado.

El cine ha sido pródigo en este asunto. Desde Memento hasta el espía amnésico Jason Bourne, tenemos un abanico de personajes atormentados por sus recuerdos borrados. Películas de Hal Hartley o David Lynch –Amateur y Carretera perdida– esconden sus claves en el apagón de sus antihéroes.

La amnesia parece cebarse, aún más si cabe, en las sociedades en transición, especialmente proclives al olvido como estrategia. Este año, en el que se cumplen 20 años de la hecatombe del Comunismo y de casi todo (la caída del Muro de Berlín o Tiananmen, el fin del experimento sandinista o el Tratado de Libre Comercio, el lanzamiento a gran escala de Microsoft o el ajusticiamiento de los Ceaucescu), vale la pena recordar -vaya paradoja- la relación entre olvido y memoria en las sociedades postcomunistas, herederas de un antiguo régimen marcado por la lobotomía. Pues bien, en el tránsito del comunismo al capitalismo hay algo de burundanga. Ahí tenemos, a simple vista, la amnesia de los conversos (o de quienes hoy le aplauden). Viejos estalinistas reconvertidos al neoliberalismo (Yeltsin), o viejos miembros del KGB tutelando las pautas del capitalismo de hoy (Putin). Esto por no hablar del consabido “no me acuerdo”, “me tenían engañado”, “estaba ciego”, de decenas de intelectuales a los que se les imagina como albaceas de la memoria. (Yo mismo he visto a un antiguo fanático del realismo socialista convertido, y con el mismo entusiasmo, en defensor acérrimo de Jesse Helms).

Pero volvamos al presente. Este post surge del seguimiento de una serie de obras protagonizadas por el tema en cuestión. Dos de estas piezas, hablan incluso de la relación entre transición y estado de coma. Es el caso de Good Bye Lenin, de Wolfang Becker, sobre la reunificación alemana. Marianne, la madre comunista, cae en coma en la noche del derribo del Muro de Berlín, y regresa cuando ya “su” República Democrática Alemana ha dejado de existir. Queda como ficción y “Ostalgia”, en un mundo que cuida, no ya de su memoria, sino de su simulación. Es también el caso de la novela Pekín en coma, de Ma Jian, sobre un estudiante que recibe un disparo en la cabeza durante la matanza de Tianamén y lleva diez años inerte mientras China realiza cambios frenéticos en su economía. Una madre alemana y un hijo chino; para quienes el cambio sucede mientras ellos, aparentemente, no se enteran. Aunque los dos intuyen o saben lo que ocurre y persisten en permanecer en su propio limbo; en seguir dormidos mientras su mundo se desmorona.

En La fiesta vigilada, Antonio José Ponte describe esta situación como una memoria de polaroide: después del flash, un periodo mínimo de nitidez y, enseguida, todo tiende a borrarse.

Claro que la memoria no es siempre un consuelo. En la vida cotidiana, muchas veces el “allá era peor” actúa como un placebo que, si bien puede paliar nuestras desgracias de ahora -vitales, laborales, profesionales- también ejerce un efecto-burundanga por la parálisis que nos supone.

Ante este síndrome, me permito recomendar a unos artistas que -sin abandonar en ningún momento su crítica al antiguo totalitarismo (casi todos ellos fueron represaliados “allá” o “antes”)- compensan su buena memoria hacia el pasado con su mala leche hacia el presente. Entre otros, Frank Thiel, Komar y Melamid, Los Kabakov, Boris Mikhailov, Deimantas Narkevicius, Dan Perjovski…

Ellos se han negado a pasar de camaradas a consumidores mientras se escamotea por el camino su condición de ciudadanos. (Fue para alcanzar esa dimensión que sufrieron cárcel, exilio o censura). Y es precisamente por eso que han mantenido en forma su energía crítica, una disidencia doble que los ha fortalecido como artistas y como ciudadanos.

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