Val del Omar

Iván de la Nuez

 

En la cultura, ninguna recuperación resulta (del todo) inútil. Incluso cuando obedecen a motivos espurios, algo suele quedar de esas arqueologías que nos devuelven a artistas, escritores o movimientos culturales ahora “revisitados”, “desempolvados” o “descubiertos”. A fin de cuentas, la cultura no deja de ser un columpio que oscila entre la voluntad de romper y la de recuperar.

El de José Val del Omar (1904-1982), resulta uno de los más reconfortantes regresos de estos últimos tiempos. Hace una semana, en un despliegue de dos páginas, la crónica de Josep Massot en La Vanguardia discurría así sobre el alcance de su retorno:

“(Val del Omar) Era una mezcla de san Juan de la Cruz y Philip K. Dick, tamizado por Teilhard de Chardin. Tenía seis años más que Lorca y uno menos que Altolaguirre, el más joven de la generación del 27, y sólo ahora la labor que empezó su hija María José y siguieron gente como Eugeni Bonet, Bufill, Huerga, Gubern, Portabella o Erice ha hecho olvidar su olvido.”

Massot pone otros ejemplos de este entusiasmo, como la inauguración del ciclo de cine experimental en el CCCB con la Trilogía elemental de España; o la gran exposición que le ha dedicado el centro José Guerrero, de Granada –Desbordamiento de Val del Omar-, la misma que recalará en el Reina Sofía este otoño.

Aunque importantes, no son estos los únicos empeños que han sostenido, contra viento y marea, la importancia del proyecto cultural y pedagógico de este amigo de Lorca que ya en su época había intrigado a Rubén Darío. Ahí están los trabajos pioneros de Manuel Jesús González Manrique o Gonzalo Sáenz de Buruaga. O los textos de Francisco Baena, Thomas Beard, Carmen Pardo, Nicole Brenez, Manuel Villegas López o Manuel Palacio en el catálogo de la exposición citada, cuya curaduría ha estado a cargo de Eugeni Bonet.

Unos y otros ofrecen una idea de la dimensión múltiple de este creador, en cuya estela son reconocibles artistas contemporáneos como Isidoro Valcárcel Medina, Antoni Muntadas, Pedro G. Romero o Javier Codesal.

Esta impronta ha llegado incluso hasta el rock. Si viajamos al año 1998, encontramos que Lagartija Nick publicó ese año un disco-homenaje con título inequívoco: Val del Omar. Vale la pena recordar que el disco anterior de esta banda granadina había sido Omega, ese monumento realizado con Enrique Morente.

En cualquier caso, lo que hoy quiero recomendar de Val del Omar son sus Escritos de técnica, poesía y mística, recopilación realizada por Javier Ortiz-Echagüe (co-edición de Ediciones de La Central con el Museo Reina Sofía y la Universidad de Navarra). Tanto la edición de Ortiz-Echagüe como el prólogo de Santos Zunzunegui consiguen iluminarnos sobre la muy diversa expansión de Val del Omar; una deriva vital e intelectual que va de la República a la transición, pasando por el franquismo. Ambos, con una acertada economía de su espacio en el libro, trazan líneas de lectura, diseccionan referencias y establecen una hoja de ruta para transitar por el programa cultural del más importante referente del audiovisual español en el siglo XX. Todo ello sin apabullar o adjudicarse un protagonismo desmesurado.  

Ahí está Val del Omar por sí mismo. El protagonista de las Misiones Pedagógicas, junto a Luis Cernuda, en la República y el que libra una batalla por devolver a la cultura su condición sustantiva, frente a su uso como adjetivación a partir de un momento de su época. El que se desvela por filmar no sólo lo que otros miran, sino, y más importante, cómo se produce la mirada y el que emprende una odisea personal ante a los funcionarios del franquismo para tratar de “alfabetizar” visualmente a los españoles. El mismo que, ya en la transición, al final de su vida, persistía en la democratización del hecho televisivo y el neologista que está obligado a crearse sus propios términos para explicitar su estrategia.

Val del Omar intentó compensar lo que le parecía una agónica paradoja española: la contradicción entre la horizontalidad moderna de la máquina y la verticalidad mediterránea del espíritu. Sólo que en lugar de abordarla desde un punto de vista pesimista, él se dedicó a amalgamar esa doble energía. Lo mismo en su filosofía que en sus inventos; en sus escritos y en sus películas  

Cuando se regresa a la lectura de Val del Omar, crece la sensación de estar ante un autor imprescindible y contemporáneo. Y eso se debe tanto a la dimensión visionaria de su proyecto como al estatuto menguante de nuestra época.

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