Miguelín y el Maximalismo

Iván de la Nuez

 

Miguelín. Así se llama el gigantesco Bebé-Efigie del pabellón de España en la Feria de Shanghai. A primera vista, sorprende la distancia entre el diminutivo y el tamaño del muchacho. Cabe pensar, pues, que detrás de los deberes inherentes a todo tótem –reclamo, visibilidad, sorpresa, impacto, sobrecogimiento- se esconde una buena dosis de ironía. Miguelín está diseñado por la cineasta Isabel Coixet. Y aunque su creadora no hiciera explícita tal intención, el resultado, de cualquier manera, sí que es irónico.

Ahí tenemos a Miguelín: haciendo las delicias de sus diminutos admiradores, acompañando presidentes, arrancando alguna sonrisa de los empresarios, o animando a los turistas chinos para que viajen en masa a España.

Miguelín es como un Big Baby de Ron Mueck, pero robotizado. Una figura de Jenny Saville, pero interactiva -capaz de llorar, sorprenderse, reír.  

Este Gulliver de parvulario, de algún modo refleja la España absorbida por el modelo chino, ese que se va implantado a pasos de gigante (nunca mejor dicho) en el mundo. A estas alturas, no creo que alguien piense que este sea un modelo exclusivamente para chinos: sólo para sus (oblicuos) ojos.

Miguelín tiene la desproporción mórbida de la postguerra fría. Y es una señal de que ya hemos entrado, de lleno, en la Era del Maximalismo. Ésta en la cual lo enciclopédico es sustituido por lo ciclópeo.  

Patriot Act y grandes concentraciones bancarias. Partido Único y mercado indiscriminado. Fusión, en fin, de todo lo posible: desde colecciones de arte hasta firmas de coches. Desde empresas editoriales hasta espacios públicos. Todo, siempre que sea descomunal. Como en la reciente campaña de Iberdrola: “más grande, más lejos, más gente”.

Si el minimalismo se regía por el lema “menos es más”, el maximalismo terminará identificado con el “más es menos”.  Es lo que tiene la estandarización…

Bajo esa circunstancia, estremece constatar que Miguelín es más grande que su futuro.

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