La guerra laica

Iván de la Nuez

Terry Jones es un soldado de la Guerra Santa. Un pastor que se propone quemar el Corán y, verbigracia de la telecomunicación y del terrorismo, salta a la palestra global desde su congregación de Gainesville. Entonces, acapara noticias, recibe llamadas de alto rango, es objeto de sesudos análisis. Como protestante que es, Jones es estricto en el cumplimiento de su credo: elude las imágenes y va directo al texto. Bien para hacerlo cumplir, bien (si es ajeno o hereje) para hacerlo desaparecer.

Texto contra texto. La Palabra contra La Palabra. Biblia contra Corán.

Su explosión comunicativa dice, y mucho, de todo lo que rodea al terrorismo, que no es concebible sin su expansión mediática. Pero la guerra al terrorismo –en lo militar, en lo cultural, en lo político y en lo mediático- ha de librarse más allá de la Guerra Santa. Es un asunto del siglo XXI y no un viaje al momento seminal de los textos sagrados o de una ofensa primigenia. La baza principal de esta guerra descansa en su estatuto laico y no en la reproducción hasta el infinito de las Cruzadas. La laicidad le da ventaja a Occidente. La Santidad lo debilita y hace fuertes a los fundamentalistas.

Volvamos a Jones. Sea para aporrearlo o para perdonarlo, se habla de este misionero como un orate al que hay que encarcelar o, por el contrario, no darle mayor importancia. ¿Es Terry Jones un loco? No lo creo. Jones representa a una fracción de la población norteamericana cuyo horizonte bibliográfico se reduce al horizonte bíblico. Gente que desayuna, come y cena con los fundamentos. Jones es también un usufructuario de la libertad que le concede la Constitución de Estados Unidos. Un país en el que, por otra parte, el presidente jura su cargo sobre la Biblia.

Loco, lo que se dice loco, es un iluminado que ahora mismo, mientras amanece, se pasea por mi barrio gritando que él mismo es La Resurrección. “Yo soy el que ha vuelto”. Los pocos viandantes de estas horas, simplemente lo esquivan y siguen de largo. Alguno con la cruda de la noche anterior, otro con su inseparable Ipod; nadie escucha sus plegarias. Pero él (que se cree “Él”) continúa en lo suyo, con su barba de homeless, mientras golpea amenazante al semáforo. Lo hace con una de esas cadenas que llevan las tribus urbanas en el pantalón para defenderse de los otros. En un momento de su delirio, pasa de San Pedro y grita: “Alá”. (El pobre hombre es –en sí mismo- una alianza de civilizaciones).

No sale en la prensa, y su amenaza no hará que este mundo repare en el barrio. De hecho, cumple a rajatabla con la función principal de los iluminados; que es, precisamente, la de clamar en el desierto.

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