La receta del abuelo: Los pronósticos

Iván de la Nuez

Después de un par de años con esta crisis estructural a cuestas, y sin perspectiva de que el nubarrón se despeje a corto plazo, no es difícil que muchos comiencen 2011 oteando las señales de alguna mejora en el desastre. Agarrados a un clavo ardiendo desde el que colgar un poco de esperanza. Consultando augurios, buscando respuestas en las cartas, leyendo los posos del café, aguardando la Letra del Año que elaboran, siempre por estas fechas, los sacerdotes que interpretan los signos de los orishas.
Por lo general, los practicantes de la fe a conciencia (los que no mercadean con la desgracia ajena) son los primeros que suelen poner coto a tales desenfrenos de esperanza y angustia a la vez. Ya en sus tiempos, Nuestro Abuelo del Ensayo –Michel de Montaigne, ¿quién si no?- tenía claro este asunto y alertaba sobre el valor real de las predicciones, persuadido como estaba de que los oráculos “mucho antes de la venida de Jesucristo habían empezado a perder crédito”.
Desde el “tripudio de los pájaros” hasta la parábola de su vuelo; desde la lectura de los relámpagos hasta las observación del “remolino de los ríos”.
-Los arúspices ven muchas cosas, los augures prevén muchas, muchas son anunciadas por los oráculos, muchas por los vaticinios, muchas por los sueños, muchas por los portentos.
Montaigne no desconoce estas y otras artes adivinatorias, combatidas no solo por el racionalismo (la religión dominante puede ser más contundente que la ciencia con las supersticiones o el paganismo), si bien pone su acento en lo poco práctico que puede resultar indagar en el porvenir. Esto es algo que ya había leído en Cicerón, del que se lleva esta frase en el bolsillo: “conocer el futuro carece de utilidad. Es miserable angustiarse sin provecho alguno”. Y aquí es evidente que el pragmatismo de Cicerón considera tan “miserable” la angustia como el hecho de que esta resulte poco provechosa. A estos “que entienden el lenguaje de las aves”, recoge ahora Cicerón de Pacuvio en La adivinación, “y que saben por el hígado ajeno más que por el propio, a mi juicio hay que oírlos más que escucharlos”.
En todo caso, no hay nada peor que los oídos sordos: Cicerón despreció los augurios y César los desoyó. Ambos cayeron…
-Yo preferiría con mucho –continúa ahora Montaigne, que tampoco escapa del todo a la preocupación por lo que vendrá-, regir mis asuntos por la suerte de los dados a hacerlo por tales sueños.
Más adelante, eso sí, reconoce que existe una relación proporcional entre la adivinación y los malos tiempos. “He observado con mis propios ojos que, en los momentos de confusión pública, los hombres, aturdidos por su fortuna, abrazan cualquier superstición”.
Si algo sabe uno a estas alturas, es que nadie escarmienta por ensayo ajeno. Así que no hay nada peor que aconsejar.
Crisis y primer día de año. Atendamos y oigamos a los augurios, si así lo queremos. Pero ecualicemos asimismo sus mensajes diversos. Tampoco olvidemos que este mundo está lleno de oráculos racionalistas que lo han llevado más de una vez a la catástrofe.
Feliz Año 2011 y, creamos o no, sea mucha o poca o ninguna nuestra fe, sigamos dudando; practicando ese pilates mental en el que nos sigue entrenando Nuestro Abuelo del Ensayo.

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