Trajes y ultrajes

Iván de la Nuez


Muamar el Gadafi no nos dejará nada parecido a Las mil y una noches: su legado se limitará al Libro verde (esa «prueba de que estamos gobernados por un loco», como dijo un joven activista libio). Tampoco parece entrar en sus planes obsequiarnos con su fuga, por eso se ha dedicado a incrementar el baño de sangre con el fin de mantenerse en el poder.

Lo que sí pretende dejarnos es su atuendo. Esos 3400 trajes que su Ministerio de Cultura ha propuesto al Museo Metropolitano de Nueva York y que han inspirado incluso —así lo afirma el ministro— hasta al mismo Michael Jackson.

Mientras se esperaba por la respuesta del Met a una posible exposición destinada al «vestuario Gadafi», Inglaterra vivía (con el correspondiente furor en las casas de apuestas) el delirio sobre el traje de Kate Middleton, en esa boda seguida en directo por unas 2000 millones de personas. (El color del sombrero de la reina no se quedó atrás a la hora de avivar las apuestas.)

En España, por la parte que le toca, unos trajes han traído ocupadísima a la política y la justicia durante el último año…

De Simmel a Lipovetski el mundo de la moda ha ocupado, desde hace más de un siglo, un lugar en la sociología. De Balenciaga a Armani ha entrado hace tiempo en los museos. Pero si hasta hace poco las exposiciones estaban protagonizadas por los diseñadores, ahora parece importar mucho más el usuario de la vestimenta; una importancia avalada, ante todo, por la influencia que emana de su poder y, también, por la magnitud de su extravagancia.

Así pues, democracia o tiranía, monarquía o república, quedan como polémicas secundarias ante el impacto del fasto y los fuegos artificiales del que participan, un día sí y otro también, esos implicados en la política; supuestos cancerberos de la cosa pública.

Cualquier otro debate resulta menor tratándose de estos protagonistas de la sociedad del espectáculo que, en sus tiempos libres, se dedican unas veces a gobernar y otras incluso a matar.

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