La protesta y el día después

Iván de la Nuez

 

Me acerco, en Barcelona, a una de las acampadas de la protesta y allí me encuentro a un viejo amigo de Berlín del Este; tirando fotos al borde de la vorágine. “Estoy haciendo lo mismo que en 1989”, me dice, “pero con menos entusiasmo”. “Y menos riesgos”, apostilla con sorna.

“Por ahí están mis hijos”. Él no deja de seguir con su cámara las evoluciones de la spanishrevolution. “Tanto luchar por el pluripartidismo y al final resulta que ellos no quieren ningún partido”.

Este fotógrafo berlinés no es el único caso de desconcierto ante las protestas (“¿hacia dónde van”?; “¿qué quieren?”; “¿a quién benfician?”). Tampoco es el único que echa mano de las comparaciones para dotarse de un sistema de referencias que le ayude a navegar por ellas con alguna seguridad. Así, en esa misma Barcelona los contraculturales de los setenta reivindican una continuidad con sus jornadas libertarias. Los madrileños recuerdan momentos de la movida. Viejos sindicalistas tiran aún más lejos de la cuerda del tiempo…

Todos adoctrinan, escuchan, discuten.

No faltan los que, por el contrario, persisten en leerlo todo desde una lógica electoral –más bien electoralista- y ven en este movimiento la mano del Enemigo. Puesto que expresa un descontento con el gobierno, los socialistas temen que favorezca, todavía más, la victoria de la derecha en las autonómicas y municipales de este domingo. Buena parte de esa derecha percibe el tinte rojo y, aunque su perspectiva de victoria electoral no se verá afectada a corto plazo, el hecho de que la corrupción sea uno de los detonantes de las marchas –The New York Times apuntaba en este sentido- puede acabar pasándole factura en las generales de 2012. Los independentistas, particularmente en Catalunya, también han sido sorprendidos: el impacto de la protesta en toda España tiene un aire más unificador que secesionista (sin olvidar que el punto de irradiación se expande desde Madrid, donde la contestación ha adquirido un contorno más sistemático). Los sindicatos, por la parte que les toca, han evidenciado su ridículo, después de un Primero de  Mayo tan aburrido y pactista como siempre (y con un poder de convocatoria escuálido en comparación con las actuales acampadas).

 

Pero, ¿qué significan, en positivo, estas protestas? En principio, el ejercicio de la política sin partido. Hasta ahí, nada que objetar: entender que no hay política al margen de los partidos es un criterio que no puedo llamar de otra manera que leninista.

Ahora bien, la importancia de este movimiento sólo podrá confirmarse si consigue transformar la denuncia en fuerza política: si los acampados de hoy se convierten en los candidatos de 2012. (Estamos tan aburridos de unas políticas sin alternativa como lo estamos de los alternativos sin política.)

Cualquier otra deriva, lo dejaría todo en una rave ideológica más, de esas que tanto abundan en Occidente. Con una fatalidad añadida: su expansión mediática podría terminar eclipsando la ola democrática árabe, lanzada -allí sí- a vida o muerte y sin la menor garantía por parte del Estado. Aunque sólo fuera por evitar esa paradoja, valdría la pena que las protestas de estos días no fueran otra cosa que el prólogo de una futura responsabilidad política cuyo primer capítulo tendrá que empezar a escribirse este lunes post-electoral.

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