Las variaciones congas

Iván de la Nuez

Finalmente, Tintín en el Congo, se sentará ante los tribunales en Bruselas. Su demandante, el congolés Bienvenu Mbutu Mondondo, considera que el famoso cómic del dibujante belga Georges Remi (Hergé) es una apología del colonialismo y un insulto a los negros. En consecuencia, exige que se prohíba la distribución de esta obra o que circule únicamente si va acompañada de una nota de denuncia sobre la ignominia que arrastran sus páginas.

Con todo a punto para el estreno, también en Bélgica, del animado de Spielberg Las aventuras de Tintín, está claro que la demanda, más allá de las razones esgrimidas por la acusación, contará con una publicidad extraordinaria.

La película de Spielberg y el cómic de Hergé forman parte de las variaciones congas; que es como prefiero nombrar a la constelación de obras y obsesiones occidentales que, desde los tiempos coloniales, han girado en torno al Congo.

En las variaciones congas gravitan El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Apocalipsis Now, de Francis Ford Coppola (en realidad una versión de la anterior). El Diario del Congo, del Che Guevara, y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. El llevado y traído Tintín y una exposición multimedia de Jorge Luis Marzo y Marc Roig. Un guión de Orson Welles y el tan incómodo como lúcido documental Enjoy Poverty, de Renzo Martins.

Esta constelación de obras, en algún caso también acciones, nos dicen, además, que el Congo es más que el Congo. Todo lo que concierne a esta plantación de las tinieblas, termina por desbordarla y se transforma en materia global. Un compendio de extremos que cruza colonialismo y negritud, independencia y guerra fría, guerrillas antimperialistas y dictaduras postcoloniales, tráfico de armas y niños soldados, sincretismos expandidos y compasiones equívocas. Flotando sobre todo eso, la atracción del hombre blanco hacia sus propios abismos (convenientemente disimulados, eso sí, bajo el interés por El Otro).

Desde el Congo, Conrad vislumbra el horror y Che Guevara admite el fracaso…

Pero regresemos, “río arriba”, al principio de este texto. ¿Es Tintín en el Congo racista? Sí. ¿Es colonialista? También. ¿Descalifica a los negros? Absolutamente. ¿Debe prohibirse su circulación? No.

Por esa lógica, deberíamos demoler los edificios de Gaudí (construidos con los beneficios de la trata de esclavos), o incluso prohibir el catolicismo o el castellano en América Latina. Puestos en la labor, de paso tendríamos que hundir el Caribe.

Ya lo dijo Walter Benjamin en una frase que no parece mejorable: “No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”

En esa línea, más que prohibir, aquí lo importante es, sobre todo, recordar. Lo que no puede redimir una querella en el juzgado tal vez lo haga una interpelación en el discurso. Y eso, precisamente, es lo que han venido haciendo durante décadas algunos autores africanos desde el otro lado. Su obra constituye, en sí misma, ese prólogo redentor que pide el demandante Mbutu Mondondo. Ahí están los nombres de Chinua Achebe o Lomomba Emongo, Simon Njami o Donato Ndongo –Bidyogo. O publicaciones como la Revue Noir o la pionera Okiki

En defensa de Tintín se dice, con razón, que Hergé no hizo otra cosa que hablar con el lenguaje de su época. Estos autores africanos suelen hablar con el lenguaje de la nuestra.

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