Por las paredes

Iván de la Nuez

En los últimos días, desde situaciones y latitudes distintas, el graffiti ha acaparado noticias de todo tipo. Desde La Habana, por la detención, liberación y reaparición de El Sexto; un grafitero que generó incluso un movimiento de solidaridad en las redes cubanas. Desde Madrid, por la reciente publicación del libro de Mario Suárez Los nombres esenciales del arte urbano y del graffiti español (Lunwerg). Desde Londres, por el recrudecimiento de la guerra del Robbo Team contra Banksy (pared a pared, pintada sobre pintada). Desde Barcelona, por dos anuncios. Uno, el evento Open Walls, que este fin de semana ha reunido a Kognitif, Thomas Schmitt, Seleka o Marcus Willcocks. Otro, la preparación, para el próximo mes, de la retrospectiva del artista cubanoamericano Jorge Rodríguez Gerada.

El graffiti ha vuelto con fuerza. Y lo ha hecho tocando casi todas sus aristas y polémicas. Como incordio político o como campo de batalla. Como arte callejero en exclusiva (tal cual sostienen los «puristas») o como discurso urbano que puede permitirse entrar en galerías, editoriales o museos. Como soporte de un debate legal sobre la apropiación de las ciudades por parte de los creadores o como «género» mutante; capaz de abrirse paso a través de internet sin perder por ello su dimensión urbana. Como arte colectivo o como gesta individual. Como sublimación extrema de la firma o como validación radical del anonimato.

Con antecedentes en el muralismo mexicano o el agitprop —y resonancias de la vanguardia rusa, el futurismo italiano o el cartelismo de la guerra civil española—, el graffiti arrastra, no obstante, una cierta lógica inversa a algunos de estos movimientos visuales. Si Diego Rivera, Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco se desplazaban de la firma a los muros —de la fama al espacio público—, los grafiteros más ilustres —desde Keith Haring o Jean-Michel-Basquiat hasta Banksy— han transitado del anonimato al “reconocimiento”; de la calle a la galería.

Y ya que he hablado de Cuba, posiblemente el primer grafitero, en un sentido más o menos moderno, de la isla haya sido Membrillo —»aquí estuvo Membrillo» era su estandarte y su eslogan en los años cincuenta—, sin olvidar los anónimos mensajes de intercambios sexuales en los baños públicos. Ya en los ochenta, Arte Calle le concedió una deriva punk y una connotación política de la que, en alguna medida, El Sexto puede considerarse heredero. (Su trabajo evoca también acciones puntuales del hoy olvidado Michel Fuentes o los citados Banksy y Rodríguez Gerada.)

El graffiti es, además, una conducta, más allá de donde acabe alojándose el resultado final de su propuesta. Así, Haring o Basquiat mantuvieron en sus vidas una turbulencia callejera que no menguó por más que hubieran sido admitidos, a regañadientes, en el main stream del arte. Los lienzos de Pedro Vizcaíno no abandonan ni la forma agresiva del tratamiento plástico ni los temas («gangueros», conflictos urbanos). Blu compagina con solvencia graffitis virtuales con acometidas en muros, paredes o aceras, sin debilitar en ningún caso su impacto en la modificación y puesta al día de la cultura urbana.

El graffiti nos conecta, en el hilo del tiempo, con la cultura rupestre y el hombre en la caverna. Un mundo remoto en el que el arte ni siquiera podía nombrarse así.

(*) En las imágenes: Jorge Rodríguez Gerada trabajando en dos de sus obras. La tercera es un mural del grupo Arte Calle en la Habana de finales de los ochenta.

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