Los críticos no sirven para nada

Iván de la Nuez

“Los críticos no sirven para nada”. La frase está en el titular de una entrevista con el cineasta David Fincher.

Hagamos la traslación de esta letanía a otros oficios. Digamos, por ejemplo, que “los taxistas no sirven para nada”. Ya veremos colapsado el buzón de “Cartas al director” de los diarios.

Imaginemos la frase aplicada a los médicos, los maestros, los basureros…¡los artistas! Revuelo seguro.

La frase, por cierto, se aplica mucho a los políticos: “no sirven para nada”. Pero estos, junto a los líderes de opinión, tienen tribuna diaria para defender el valor de la política o de su regeneración. (Y eso que cada vez más es oficio y no servicio, profesión y no dedicación).

Desplacemos ahora el foco y vayamos a las discapacidades. Supongamos que se dice lo mismo de cojos y ciegos, sordos o amnésicos.

O entremos en las identidades o razas: negros y asiáticos, latinos y judíos; pasados todos por el tamiz de inutilidad.

“Los críticos no sirven para nada”, dice este director de películas, dicho sea de paso, muy estimables y muy estimadas por la crítica inservible.

¿Y que dicen los críticos? Nada. O casi nada, “que no es lo mismo, pero es igual”. Esta profesión está tan acostumbrada a la ridiculización y el ninguneo que esta frase no sólo no la ofende, sino que le resulta imperceptible.

Encajar es lo suyo, lo que no es del todo una mala virtud, considerando que hablamos de un trabajo que mide la capacidad para encajar que tienen los otros.

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