Los primeros artistas

Iván de la Nuez

 

Hay arte, hay artistas y hay, en un lugar aparte, un tipo llamado Werner Herzog. No es que esté, como suele decirse, más allá de la moda. Es que está más allá del tiempo. Sobrepasando, si cabe, los límites de la geografía o de la cultura, de la cronología o del lenguaje.

Si Kaspar Hauser, el salvaje que aparece de repente en el Nüremberg del siglo XIX, desafía los límites de la civilización, Fitzcarraldo derrumba los límites de la obsesión.

La aventura de Herzog, en todo caso, no tiene nada que ver con la búsqueda atlética de un récord (llegar primero, o más alto, o más lejos). Lo que le fascina es el abismo en sí. Su diario de la filmación de Fitzcarraldo lo explica desde el mismo título: Conquista de lo inútil. Este libro –editado por Blackie Books- ilumina una nueva perspectiva, tanto hacia la película como hacia el personaje: ese mosaico humano encarnado por Klaus Kinski, empecinado en llevar la ópera, con Caruso y todo, al paraje más recóndito de la selva. No hace falta decir que sin escatimar crueldades o esfuerzos, por más que algunos incluso parecieran absurdos. (Como atravesar una montaña con un barco de vapor).

Con una biografía tan extraña como la de sus personajes, Herzog acaba de estrenar en 3D, y con un retraso de dos años La cueva de los sueños olvidados. En una gruta tapiada por un desastre natural, tal vez una avalancha, tres espeleólogos descubrieron en Ardèche, en el sur de Francia, 1994, un conjunto de pinturas rupestres que no dejan lugar a dudas. Son las más antiguas de las que se ha tenido noticia, fueron realizadas hace más de 30.000 años y conservan, en un estado asombroso de nitidez, representaciones de mamuts, leones, caballos o rinocerontes.

En ese espacio seminal, Herzog tuvo el privilegio, no exento de los clásicos problemas de todo tipo que suelen confrontar sus filmaciones, de ser el elegido para mostrarnos el tesoro escondido de una época en la cual el planeta estaba poblado aún por Neandertales. Aunque, quienes pintaron las imágenes de esa cueva en Ardèche, estaban –según el director bávaro- más cerca de nosotros que de aquellos antepasados, hasta donde se sabe carentes de cultura. Para el cineasta, que siempre estuvo fascinado por el arte rupestre, lo que le deslumbró ahí abajo, en las cavernas, no es otra cosa que “arte moderno”. Sólo que un “arte moderno” portador de una esencia creativa capaz de traspasar las épocas.

En esta película, absolutamente hipnótica, regresamos al templo originario de la imaginación humana. Y es posible apreciar, siempre guiados por el director, lo mismo un “Picasso” que una anticipación de las figuraciones posteriores del dios Odín cuando vemos claramente un caballo de ocho patas. Su honor, insiste Herzog, ha consistido en hacernos partícipe de “una mirada vertical al alma humana”. Al interior de un tipo de artista que no por haber habitado un pasado remoto deja de ser “uno de los nuestros”.

Una vez superado el shock de enfrentarse a esas pinturas, el director alemán nos demuestra que pisar la luna o inventar Internet no son más que minúsculos capítulos de una línea continua. Tendida acaso por aquellos parientes que nos dejaron, en las grutas, una prueba consistente de su cercanía.

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