El futuro abandonado

Iván de la Nuez

 

Entre el futuro conquistado –según las utopías o el comunismo- y el futuro refutado -del punk a la posmodernidad-, estas imágenes de Joan Fontcuberta abren una “tercera vía”: la del futuro abandonado.

Esto es, al menos, lo primero que nos impacta de Pyramiden, un pueblo soviético empotrado en medio del ártico gracias a un programa de explotación económica entre Noruega y la Unión Soviética. Una grieta de la Guerra Fría en la isla de Svalbard que hizo posible este injerto comunista del que sus habitantes desertaron para dejar atrás el paisaje herrumbroso y un alfabeto extraño, la estética grandilocuente y los bustos de Lenin.

Los restos del comunismo han suscitado, en los últimos años, una fascinación en los creadores occidentales que ha terminado por convertirse en una especie de género artístico al que he llamado Eastern. Hoy el Comunismo opera al mismo tiempo como fantasía ideológica y como arqueología estética; aparece como un gigantesco parque temático de Occidente o como objeto de exhaustivos despliegues visuales. Desde los afiches laudatorios de Corea del Norte hasta el arte de la época leninista, hemos podido asistir a exposiciones como My Communism: Poster Exhibition (comisariada por Lux Xinghua) o Alexander Deineka (con curaduría de Manuel Fontán); a Dream Factory Comunism, al cuidado de Boris Groys, o La caballería roja. (Creación y poder en la Rusia soviética. 1917-1945), proyectada por Rosa Ferré.

Para los fotógrafos, el repertorio iconográfico que ofrece el antiguo Bloque Soviético ha resultado muy tentador. Las masas han seducido a Andreas Gursky o Charlie Crane, los archivos de la Stasi han intrigado a Dani y Geo Fuchs, las ruinas del Imperio Soviético han impulsado a Eric Lusito a emprender, cámara en mano, una travesía desde Moscú hasta Ulan Bator (y desde los refugios perdidos de la carrera nuclear hasta las estaciones desvencijadas de la carrera espacial).

Joan Fontcuberta ha sido, sin lugar a dudas, un pionero del Eastern. Todo empezó hace más de una década y, como no podía ser de otra manera, se trató de una ficción política y a la vez fotográfica. Conocedor de esa idea extendida que le adjudica al estalinismo la invención del photoshop, Fontcuberta colgó sobre nosotros a Ivan Istoichnikov, el astronauta soviético que alcanzó a vislumbrar, desde la estratosfera, lo que sucedía a ambos lados del Telón de Acero. (Es sabido que el programa Cuarto milenio llegó a creerse esta historia como verdadera y le dedicó una edición, dando lugar a un sonado ridículo televisivo).

Como el skylab desaparecido en el cosmos, leit motiv de Wim Wenders a la hora de filmar A Soul of a Man, ni Istoichnikov ni su nave regresaron jamás a la Tierra. Entre otras cosas, porque este sujeto pulverizado por la post-historia no tenía donde hacerlo, habida cuenta de que su punto de partida había dejado de existir como país, como ideología y, sobre todo, como refugio del porvenir.

Aunque por momentos puedan parecer propias de un estudio fílmico o un set de televisión, estas imágenes de Pyramiden no han necesitado las más mínima manipulación para mostrarnos, tal cual, a ese pueblo fantasma. Allí no ha sido la realidad la que ha superado a la ficción sino, precisamente, la irrealidad «verdadera» de estos vestigios, evocadores de una epopeya construida a escala sobrehumana.

Iván Istoichnikov -ese “pequeño Orfeo rescatado de la razón de Estado”- ya tiene un paisaje donde aterrizar. Sólo que nadie lo estará esperando.

(*) Publicado hoy en el número 500 del suplemento Culturas, de La Vanguardia (16 de enero de 2012) dedicado al futuro. La edición ha contado con el discurso fotográfico de Martin Parr y Joan Fontcuberta.

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1 comment so far ↓

#1 Belén on 01.18.12 at 12:22 pm

Y para muestra un botón: nuestro propio futuro abandonado plagado de grandes instalaciones inútiles, aeropuertos, centros culturales…

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