El dulce chicle de la juventud

Iván de la Nuez

Adelantar la madurez fue, durante buen tiempo, un signo importante del arte de vivir. La juventud no sólo era la etapa del ímpetu, sino también la de la fugacidad. Un instante que debíamos “quemar” sin contemplaciones. En la hoguera de las pasiones o de las nuevas experiencias, de la vida peligrosa o de esas empresas propias de los héroes, cuando no directamente de los mártires.

En la cuerda de Romeo y Julieta o de Tristán e Isolda los románticos sentían a menudo que, en plena adolescencia, ya habían “vivido suficiente”. De ahí su afición al suicidio temprano o a marcharse a alguna guerra donde esperara una muerte segura. (Da igual que te llamaras Lord Byron o Mariano José de Larra).

Con menos de veinte años, José Martí ya cumplía condena de trabajos forzados por oponerse al colonialismo. Elvis ya era el Rey antes de los treinta y los Beatles no pasaban de esa edad cuando se separaron. El mismo Lennon decía que había que “sospechar de todo el que tuviera más de cuarenta años” (los que tenía, exactamente, cuando fue asesinado).

Algunos miembros del Club de los 27 -Hendrix, Jim Morrison, Joplin, Cobain- habían cuajado obras tan redondas que no necesitaban ni un día más en este mundo para quedarse instalados en la historia de la cultura. “Muere joven y dejarás un hermoso cadáver” ha sido un estandarte y al mismo tiempo una compulsión del rock. A fin de cuentas, como saben muy bien los forenses, nuestros cuerpos dicen más de nosotros que nuestras palabras.

En los últimos tiempos, sin embargo, las cosas han cambiado. El modelo es más un Ponce de León que un Werther. Así que lo importante no es ya consumir la juventud sino estirarla (en las costumbres, en el gimnasio, en el quirófano).

El dulce pájaro de la juventud, que torturó a Tennessee Williams, empieza a ser tan grande que acabará empalagándonos. Un verdadero problema a la hora de recordarla, entre otras cosas porque el archivo de su memoria no disponía de tantos compartimentos como para alojar un recuerdo tan prolongado y diverso.

Esa juventud tan duradera confronta, además, un problema «histórico». Y es que hasta hace muy poco, para que el mundo avanzara en condiciones, era preferible una juventud corta pero problemática a una juventud larga y sin conflicto.

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1 comment so far ↓

#1 Tenchy Tolón on 11.28.12 at 6:18 pm

Excelente! La comparto.

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