Marx, Lafargue y los demás

Iván de la Nuez

 

Como en la famosa caricatu­ra del Almuerzo Estructuralista —Lévi-Strauss, Lacan, Foucault, Barthes…— aquí están, frente a sus copas respectivas, en un bar de Berlín del Este, Sartre, Oli­ver Stone, Manuel Vázquez Montalbán, Régis Debray, Graham Greene, Robert Redford…. La lista nunca es fija, crece o dismi­nuye según la intensidad de la conversación, la capacidad de asi­milación del alcohol y los compromisos diversos de estos per­sonajes.

Pueden entrar y salir casi hasta el infinito músicos y actrices, escritores y directores de cine, periodistas y filósofos. Pueden lla­marse Allen Gingsberg y Cartier Bresson, Billy Joel y Gina Lollo­brigida, Rita Coolidge y Danny Glover, Noam Chomsky y Kris Kristofferson, The Weather Report y Manu Chao.

Hay una representación latinoamericana: Mario Benedetti. Ya es octogenario, conoce perfectamente el alemán —¿Cómo olvi­dar su intervención en El lado oscuro del corazón?— y dormita can­sado de un largo viaje: el jet lag es implacable incluso con los inmor­tales.

-Lo primero que debemos saber es que Cuba no es un país normal -dice Régis Debray ante la mirada comprensiva de su maestro Sartre-. Es una revolución, y las sociedades en revolu­ción no se analizan igual que nuestras aburridas democracias oc­cidentales. Pero, además, no es sólo una revolución; es una revo­lución en la revolución.

-Yo diría más —apunta Sartre—. No es sólo una revolución en la revolución, sino algo más importante: es una revolución sin ideología, en la que el pueblo define los esquemas teóricos.

Benedetti despierta de su letargo y apuntilla sin miramientos:

—Y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Con la misma, regresa a su ensueño.

—No podemos olvidar —dice Stone sorbiendo una cerveza—

que además de todas esas teorías de la vieja Europa, los nortea­mericanos estamos fascinados por un enemigo indoblegable, un boxeador que no cae: Fidel Castro. Debo añadir que un hombre de palabra. Desde Roma no se veía un Aníbal de estas características.

—Yo, precisamente, lo consideré un Atlante —espeta Vázquez Montalbán—, ésa es precisamente la portada de mi libro Y Dios entró en La Ha­bana. Sólo les advierto —y aquí el padre de Carvalho sorbe lentamente su whisky— que si bien Dios entró en La Habana, mi libro nunca pudo entrar…

—Pamplinas —dice Graham Greene, mientras le da con sol­vencia a su gintonic—, las prohibiciones que imperan en Cuba no son demasiado distintas a las que conocemos en Occidente. Dí­ganme ustedes, señores míos, ¿cuál es la sociedad que no reprime al que la contesta? Ésa es la razón por la que escribí Nuestro hom­bre en La Habana, que trata sobre la época final de Batista. A Fidel no se le puede comparar con un Chirac o un Blair, ni siquiera con un Aznar. Hay que compararlo con el monstruo al cual sustituyó. Y con él, a todos esos cubanos con las maracas en las ma­nos, satisfaciendo a los turistas y prostituyéndose. ¿Dónde se en­cuentra hoy eso en Cuba?

Después de un largo bostezo, Benedetti regresa a la conver­sación:

—Y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Un silencio sobrecoge entonces a toda la mesa. Marx —Karl Marx—entra en el bar formidable de Berlín del Este.

El maestro no va solo.

Quiero decir que el humano Marx va acompañado. Ya sa­bemos que los genios van siempre solos, aunque los acompañe la multitud. En este caso, Marx —Karl Marx— está acompañado por un joven con una estampa algo exótica. Se sientan, ambos, en la mesa contigua de nuestros amigos, que se dedican a escuchar la conversación.

El joven se llama Paul Lafargue, Pablo Lafargue para los cuba­nos. Pretende a Laura, la hija de Marx y, por qué negarlo, la tiene totalmente seducida. Lafargue, de Santiago de Cuba. Ella, alema­na, de la vieja Europa. Lafargue carece de importancia para aque­llos grandes de la izquierda que sólo tienen ojos y oídos para el maestro, imbuidos, acaso, de una secreta superstición. Si el maes­tro ha aparecido allí, junto a ellos, es porque trae la clave de la li­beración del proletariado en nuestra era global.

Ésta es, sin embargo, la conversación que ellos escuchan:

—Si quiere continuar sus relaciones con mi hija tendrá que re-considerar su modo de hacer la corte —dice Marx—. La intimi­dad excesiva está fuera de lugar, sobre todo teniendo en cuenta que habitan en la misma ciudad.

—Nos amamos y nos amaremos en libertad, como propugna nuestra filosofía revolucionaria, incluidos mis ímpetus —aclara el cubano.

—O se comporta, o Laura quedará muy lejos de usted. Ya advertí que un mestizo como Bolívar no podría liberar a un con­tinente y ahora le advierto que si usted defiende su temperamen­to criollo, es mi deber interponer mi razón entre su temperamento y mi hija.

Sólo Benedetti habla en medio de la monserga del gran Marx:

—Y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Ése es el momento preciso en el que Marx y Lafargue (este úl­timo abona las dos cervezas a medio consumir) se levantan para abandonar el recinto.

Yo, tras ellos.

Fascinado, no voy a negarlo, por la figura de aquel cubano que, en mi particular y disparatada teoría, escribió El derecho a la pereza contra su suegro y situó el vacilón y la vagancia como verdadera liberación del proletariado. No sólo eso: Lafargue, a quien en Cuba incomprensiblemente no se vene­ra, tuvo tiempo de casarse con la hija de Marx, hacer un pacto sui­cida con ella, ser protagonista del partido socialista español o el francés y, una vez cumplido el suicidio, soportar la despedida de duelo de Lenin en un frío cementerio de París.

Como podemos suponer, suegro y yerno no siguen juntos. Marx parte, posiblemente, hacia la eternidad, Lafargue se adentra en el Berlín poscomunista, en la ciudad posterior a la caída del Muro. Compra unos discos de música electrónica en Prenzlawerg, se apunta la fecha de la Love Parade, come en un restaurante viet­namita —Cho—, y adquiere después unos libros en inglés en una tienda dedicada exclusivamente a los Cultural Studies. Yo le sigo de cerca (esperanza y alerta, no olvidemos esto).

Todavía hoy intento seguirle de cerca e imaginar la revolu­ción por esa vía menor, individual y libre que Lafargue cifró una vez y la izquierda no ha sido capaz de escuchar.

Ésa es mi fantasía.

(*) Fragmento del epílogo de mi libro Fantasía roja (Debate, 2006). La escena, recuperada en Tumiamiblog, evidentemente nunca sucedió. Las palabras, en cambio, sí fueron dichas o escritas tal cual por los personajes. 

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2 comments ↓

#1 Vanessa on 04.14.13 at 12:18 pm

Me acabo de leer el libro. Me resultó muy interesante y me llamó la atención la expresión del ‘parque temático’ retomada por Yoani en sus intervenciones en Nueva York. Por otra parte me parecen muy certeras sus anotaciones y ya me puse de tarea buscar el ‘Elogio de la pereza’, he tenido reflexiones por el estilo y me encantaría encontrar un espacio teórico en el que afianzarme, qué mejor que sean de un cubano yerno de nada más y nada menos que Marx. Saludos de una cubana que lo admira.

#2 anaolema on 05.10.13 at 4:17 am

Love Love Love… me voy un tiempo, luego regreso… y en efecto, me vuelvo a enamorar del blog.

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