Un western para la Concertación

Iván de la Nuez

 

 

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Hay autores que, mientras más en desacuerdo estoy con ellos, más adictivos me resultan. Me ocurre a menudo con dos amigos: Ignacio Vidal Folch y Pedro G. Romero. Y me sucede también con Rafael Gumucio, al que me gusta considerar como una especie de pensador a primera vista. Este don quedó demostrado, por ejemplo, en Páginas coloniales, donde no dejó títere con cabeza en su recorrido por España. Y lo demuestra a menudo en sus programas de radio (es un comunicador de éxito pese a su acento tropeloso), o en sus colaboraciones en The Clinic y El país, o en cualquier conversación. Siempre queda latente la sugerencia de que reflexione un poco más antes de llegar a conclusiones; antes de ametrallarnos con esos rafagazos sobre todo lo que se ponga por delante: el arte contemporáneo, los catalanes, los cubanos, los editores españoles…

Y siempre queda la certeza, acaso el consuelo, de que, si así fuera, el resultado sería el mismo. O incluso peor.

Hace unos días me leí su última novela. Y ahora he vuelto a repasarla por completo. Esta segunda lectura ya vino acompañada por las alertas desde Chile, donde el libro ha levantado alguna roncha.

-¿Y cual no?-me pregunto-.

La deuda -así su título- es una novela con varias claves de lectura. Por una parte, el dilema de sus personajes resulta común a cualquier sociedad occidental, marcada por la agonía del dinero y por las tramas no siempre edificantes que giran a su alrededor. Protagonizada por un cineasta estafado -Fernando Girón- y por su estafador -Juan Carlos Riquelme-, La deuda se convierte en un western urbano en el que, a partir de una traición inicial, se desarrolla una búsqueda implacable entre dos enemigos que son, al mismo tiempo, partes inseparables de un mismo paisaje moral. Dos antihéroes hechos a imagen y semejanza de una fantasía tan imaginativa como la literaria: la ficción del dinero, con los eufemismos que lo nombran y los relatos que lo adornan.

Asimismo, La deuda es una sarcástica indagación sobre el Chile contemporáneo. El país post-Pinochet de la actual Concertación. Y sobre la travesía de una generación que clama por los matices en un escenario gobernado por los extremos heredados del “Sí” o el “No”. En ese país, y en esta época, Rafael Gumucio lanza una pedrada en el espejo de una sociedad acomodada a un presente continuo definido por su fragilidad. Una pedrada al espejo que, no lo olvidemos, es también una pedrada contra sí mismo.

La novela, además, se interroga sobre el verdadero valor del arte, en este caso el cine, y sobre los esfuerzos titánicos de algunos creadores para realizar obras completamente olvidables que no consiguen, ni por asomo, compensar los desvelos económicos que han suscitado.

La deuda es un libro sobre la amistad y la pareja, el rencor y la familia, la culpa y el perdón. Escrita con una sorna que nos hace leerla, de cabo a rabo, con una sonrisa y algún chasquido en la lengua. Una comedia vitriólica sobre la condición humana (si es que esto existe), donde se despliega un dominio del idioma fuera de lo común: Gumucio se maneja con un castellano de banda ancha.

Hay una amistad que va arrastrando un odio escondido, una envidia oculta que no se manifiesta hasta que explota sin remedio. Y hay, por eso mismo, un enigma que flota sobre los personajes: ¿Por qué la gente llega a traicionar? ¿Cómo es posible que alguien, a quien parece que sólo se le ha hecho el bien, arrastre consigo ese repertorio de rencor?

Creo detectar en La deuda más de una puya a otros escritores chilenos. Así que, si bien es este un libro que indaga en los beneficios del perdón, difícilmente llegue a encontrarlo en algunos de sus lectores.

Una noticia para cerrar la recomendación de este libro; y viene de la solapa. Allí, entre los datos profesionales del autor, se nos ofrece una información que no puedo negarme a compartir. Entre sus muchos quehaceres, Rafael Gumucio “en la actualidad se desempeña como director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales”. ¡Qué puesto!

 

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